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Mostrando entradas de noviembre, 2024

A los pibes los velamos en el club del barrio

  A los pibes los velamos en el club del barrio sin ventiladores, sin aires acondicionados. Con recetas de abuelas para ahuyentar las moscas y un fuego prendido afuera, donde nos reunimos en ronda y entre todos nos ponemos a cocinar. Al menos ese día, ni al hambre ni a la soledad a la villa dejamos entrar. Juntamos plata porque siempre hace falta, porque hasta morirse sale un ojo de la cara, las coronas no las regalan y a los pobres no nos dan ataúdes, nos meten en cajones de manzanas. A los pibes los despedimos con palabras, con caricias, con cartas escritas con vergüenza que dejamos en el cajón, humedecidas y arrugadas. A los pibes los despedimos con amor. Porque si la vida digna es una promesa, que para algunos nunca llega, al menos, despedirlos amorosamente será nuestra resistencia. Ante lo injusto, lo violento, resistimos. Ante la resignación de un destino que parece escrito desde el nacimiento. Desde el nacimiento villero. A los pibe...

El regreso

  Estoy entrando a casa y siento un escalofrío. Una angustia gigante me invade el cuerpo y me ancla inmóvil en la puerta. Miro la casa, escucho el silencio que me resuena en cada parte. Adentro, yo también estoy vacía. El gato ya no viene a saludarme, como siempre, quiso seguirte los pasos. La semana pasada lo enterramos en el patio. Recuerdo la tarde en que salimos, los 49 días en el hospital, mis despedidas que incluían un beso y una advertencia: “ Mañana vengo, no se te ocurra morirte.” Te recuerdo en terapia, despertando de la cirugía, diciéndome que había dolido mucho y estabas cansado, pero podías esperar los días que sean necesarios porque lo peor ya había pasado. Se me cae una lágrima. Miro la cajita de madera que llevo en brazos y te digo: “ Llegamos viejo, no era como esperábamos, pero al fin volviste a casa.”

La costumbre

  Hoy, por primera vez, hablé de vos en pasado. La conversación siguió, pero yo ya estaba en otro lado. Me da vergüenza que sepan que, aunque el tiempo haya pasado, hay cosas que todavía me llevan a ese día de mayo. Vuelvo a soltarte la mano y me alejo mientras te miro a los ojos y te digo “gracias pa, te amo”. Otra vez estoy parada al lado de un cuerpo frío pensando por qué la vida es tan injusta conmigo. Papá hoy hablé de vos en pasado y no me di cuenta. Que miedo me da saber que tal vez ya me estoy acostumbrando.

Desamparo

  Algunos días, sobre todo cuando llueve, me siento en tu parte del sillón con la urna sobre mis piernas. Apoyo mi cabeza de costado, como si tratara de escucharte. Y así, quieta, sola, te traigo a mi mente. Cierro los ojos y aunque nunca llegue, todavía espero alguna una señal que no me haga desear tanto la muerte.

El día que te mataron

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 El día que te mataron no empezó distinto a ningún otro: Di vueltas en la cama, fui contra el reloj y, como siempre que llego tarde, elegí el baño antes que el desayuno. El día que te mataron salí de casa y volví a buscar mis auriculares, desde la puerta vi pasar el colectivo y pensé en las pequeñas decisiones que tomamos en un instante y nos cambian la vida sin darnos cuenta. El día que te mataron almorcé en el trabajo, me empezaron a gustar esos cortos momentos de tiempo muerto, los sabores y el silencio. Soy feliz resguardada en mi mundo interno con reflexiones y pensamientos que pueden ser tontos o ingenuos pero tienen mucho corazón, porque el día que te mataron estuve pensando mucho en cómo evitar que te mueras. ¿Si termina la escuela y se motiva? ¿Si aprende un oficio para que haga su plata y no se ponga en peligro? ¿Si se muda de barrio y encuentra nuevos amigos? ¿Si lo adopto y vive conmigo? ¿Si le digo todos los días que si se muere lo extrañaríamos muchísimo?  ...

En el sur

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En el sur me reí a carcajadas, fuerte,  tan fuerte que el más allá se hizo más acá y también me escucharon. Y si no se enteraron por el aire, fue por la tierra: Escribí y enterré papelitos con mensajes y preguntas que tal vez, con el paso del tiempo, pueda ir respondiendo. Escribí también para que puedan ver la mujer que soy, en la que me estoy convirtiendo. Ya no temo quemarme en mi propio fuego, así soy, el tiempo que habite el mundo lo haré ardiendo. En los lagos y bajo la lluvia, también lloré y fuimos un mismo agua. Sentí conectarme con todo y con todxs, con los que están y quienes permanecen dentro mío, en mis gestos, mis deseos de conocer el mundo, mi mirada sensible, mi fuerza de guerrera, mi capacidad de resiliencia.  De a poco y con paciencia, voy juntando las piezas que faltan y cada vez me siento más entera.

Me acuerdo que ese día era domingo. Uno cualquiera donde tomábamos mates en el sillón mirando un partido del Brown por fútbol libre. Todavía no podíamos compartir mate porque el covid estaba a pleno y te daba miedo. Habían terminado tus carreras de TC, deporte que no me gusta, no entiendo y que desde que no estás, no puedo ni escuchar, porque lloro y soy como vos, no me gusta mucho llorar. Es contradictorio, vivo diciéndole a todo el mundo que llore porque llorar descarga y es necesario... pero a mí se me complica, viste? Prefiero usar el humor, hacer chistes sobre las desgracias, la tristeza y lo duro que es estar en una casa que era de los dos. Soy como vos. Aunque al menos escribo y eso me ayuda, como ahora, ya sé que un muerto no lee estas cosas. Y si estuvieras vivo menos, porque tenías glaucoma y no veías una vaca en el medio de la calle. Extraño mucho tus remates graciosos de sobremesa porque me hacían reír y valorar la cotidianidad al lado tuyo, sabiendo que mucho no iba a dura...

El reencuentro

Dicen que los muertos se encuentran en algún lugar también escuché que las almas migran en grupo. Puede llegar a tener sentido pensar que quienes murieron nos esperan para volver a esta tierra en manada. Hay días donde me despierto con el sol metiéndose por la ventana, iluminando a los gatos y las plantas y pienso que tanta vida alrededor me contagia un poco las ganas de vivir.  Quiero creer en ese reencuentro los veo esperándome,  sonriendo. Sus cuerpos ya no duelen. Ya no tenemos vergüenza de abrazarnos y decir lo mucho que nos amamos. Nos agarramos las manos, nos acariciamos. Nos miramos a los ojos. Nos sentamos en una mesa grande y empezamos a pelear.

Tuve un día difícil.  Pienso que muchas cosas están mal.  El trabajo me cansa, los parciales me estresan, el frío me pone triste. La casa está sucia porque nunca tengo tiempo de limpiar.  La profesora me dijo que el trabajo que yo creía finalizado era la introducción.  Tuve que leer un fallo de 130 páginas de un femicidio en Laferrere.  Me dolió cada palabra.  La universidad aloja a personas en situación  de calle, que cada día son más. Hace más frío. Pienso que esta todo mal.  Sin embargo, llego a casa y mi papá me preparó una sopita de verduras. No todo está tan mal. Extraño el arroz con pollo de mi mamá, ya dos inviernos que no está.  Pero recuerdo que me dejó la receta de sus berenjenas al escabeche. No todo está tan mal. Lxs niñxs me abrazan a diario, me dicen que me quieren y que no me vaya porque les ayudo mucho.  No todo está tan mal. Duermo sola y cagada de frío, pero con dos gatitos que ronronean y me acarician.  (Me pegan...

M

La cama de papá aún está hecha pero él no aparece no golpea las paredes ni me busca no siento sus pies arrastrándose ni toca los míos en la noche, como dicen que hacen los muertos para asutar. No mueve las cosas de lugar no prende la televisión con el volumen a todo lo que da. No lo siento detrás mío ni veo sombras que se cruzan por la periferia de mi mirada, tampoco se siente la casa fría no lo llaman maullando las gatas. La muerte es esto: Quietud. Silencio. Vacío. Falta.

Querido diario:

Mi mamá me regaló mi primer diario íntimo la navidad del 99. Tenía 6 años y recién había aprendido a escribir. Fue luego de enterarse que salíamos a la calle con una compañerita y vendíamos “poemas” que “escribíamos” a 10 cvs. A los 7, en segundo grado, gané un concurso escolar por escribirle una carta al presidente, recuerdo haberle pedido que ayude a lxs niñxs que no tenían para comer. Muchxs niñxs que crecimos en los 2000 teníamos muy presente la pobreza y el hambre, ya sea por escucharlo en la televisión o por cenar pan y mate cocido. En diciembre del 2001 en Argentina, hubo un gran estallido Social. Recuerdo que, con mis palabras, lo escribí en mi diario. De una forma muy desorganizada, tal vez no tan diferente a como escribo ahora, intentaba describir mis miedos: "Prendimos fuego todas las esquinas. Si bienen los saqueadores me voy a esconder a b vajo de la cama." Un año después, tuvimos una despedida muy difícil en mi familia y yo escribí una carta por día para esa per...

Las veces que vi llorar a mi papá

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Las veces que vi llorar a mi papá fueron tan pocas que las recuerdo a todas. La primera vez puedo contarla con detalles. Fue un miércoles a la noche, cuando una llamada por teléfono interrumpió la cena para comunicarnos una de las peores noticias: Habían encontrado adoptantes para la niña de un año y ocho meses que estábamos criando desde sus primeras semanas de vida. Un tiempo atrás, mi mamá nos postuló como familia de acogida/tránsito/“guarda” de un bebé, pensando que era la manera más sencilla de agrandar la familia sin la burocracia de las adopciones ni los impedimentos biológicos de su cuerpo que ya había pasado los 50 años. Esa noche de noviembre, nos dijeron por teléfono que nos separaríamos en tres días y que no íbamos a volver a verla ya que no estaba permitido que intentáramos comunicarnos con su familia luego de la adopción. Pero nosotros éramos su familia. La criamos, le enseñamos a caminar, a decir mamá, papá, Dani. Sus gestos eran los nuestros. Era hija y hermana, tenía s...