Las veces que vi llorar a mi papá
Las veces que vi llorar a mi papá fueron tan pocas que las recuerdo a todas.
La primera vez puedo contarla con detalles.
Fue un miércoles a la noche, cuando una llamada por teléfono interrumpió la cena para comunicarnos una de las peores noticias: Habían encontrado adoptantes para la niña de un año y ocho meses que estábamos criando desde sus primeras semanas de vida. Un tiempo atrás, mi mamá nos postuló como familia de acogida/tránsito/“guarda” de un bebé, pensando que era la manera más sencilla de agrandar la familia sin la burocracia de las adopciones ni los impedimentos biológicos de su cuerpo que ya había pasado los 50 años. Esa noche de noviembre, nos dijeron por teléfono que nos separaríamos en tres días y que no íbamos a volver a verla ya que no estaba permitido que intentáramos comunicarnos con su familia luego de la adopción.
Pero nosotros éramos su familia.
La criamos, le enseñamos a caminar, a decir mamá, papá, Dani. Sus gestos eran los nuestros. Era hija y hermana, tenía su sobrenombre, sus juguetes, sus marquitas al lado de la puerta a medida que iba creciendo a la par mía. (Y que duro fue para mi después, marcar mi nombre solo)
Esa noche fue la primera vez que vi llorar a mi papá, tanto dolor sintió ese hombre que no podía mantenerse erguido, se hizo un bollito de lágrimas, mocos y gemidos. Me di cuenta en ese momento que mi papá no era el ser insensible que se esforzaba en personificar, que un padre duro como él, sentía mucho y con profundidad pero no sabía transmitirlo.
Cuantas palabras le habrán negado a ese niño.
La segunda vez también la recuerdo perfectamente porque ya no era una niña. Tenía 19 años y mi mamá transitaba una enfermedad que la estaba dejando sin visión. El escenario era similar: Mi casa, sobremesa de la cena, cajitas de Uvita dulce y mi papá sentado en la punta de la mesa. Tenía una expresión de persona desahuciada, la cantidad de vino que tomaba era proporcional a la tristeza que ocultaba, siempre fue así. Esa noche hubo alarmas. Él hablaba con mi mamá sobre su salud cuando de repente, y de la misma forma que la primera vez, explotó en un llanto lleno de angustia y sonido. Esta vez sí memoricé el sonido de su llanto.
Con la voz quebrada y demostrando una ternura que no había visto nunca en ese hombre, metió la cabeza entre sus hombros como si quisiera esconderse y con vergüenza dijo: "Es que no te puedo ayudar. No sé cómo ayudarte. No quiero que te quedes ciega." Y lloró. Lloró en mi abrazo como un niño pequeño al que nunca abrazaron. Lloramos juntos mientras le repetí hasta calmarlo que íbamos a hacer lo posible. Íbamos a salir de eso juntos. Como siempre, los tres juntos. Se secó las lágrimas y suspiró. Le acaricié la cara y lo besé en la frente.
Cuánto amor le habrán negado a ese niño.
La tercera vez no lo vi llorar sino que lo escuché del otro lado del teléfono. A mis 23 años decidí viajar de mochilera hasta Colombia. Si bien no era mi primer viaje, esa aventura tenía ciertos condimentos que la hacían diferente y a mis papás los aterraban: Viajaba sola y quería atravesar a pie 4 países. Cuando llegué a Copacabana, Bolivia, los llamé después de 15 días y fue mi papá el que levantó el teléfono.
- Hola pa
- Quién habla
- La única hija que tenes, quién va a ser.
Escuché su llanto. Otra vez como una explosión que estaba contenida hacía tiempo. Llorando me dijo "¿Cuándo vas a volver? Te extraño mucho". Y yo, conmovida profundamente como pocas veces en mi vida, respiré profundo y le dije que estaba conociendo el mundo, era una mujer sumamente feliz y él tenía que compartir mi felicidad. Le agradecí por haberme criado con la fuerza para ir hacia adelante. Se calmó, me contó cómo estaban las cosas en casa y quedamos en volver a hablar pronto, sin dejar pasar tantos días. Me costó salir de esa cabina de teléfono. Fue la primera vez en mi vida que me dijo Te extraño. Necesitaba parar el tiempo y atesorarlo. Tuvimos que estar lejos para que pueda permitirse ser suave conmigo.
Cuantas palabras, cuanto amor, cuanta ternura le habrán negado a ese niño.
La última vez, fue cuando murió mi mamá. Sólo lloró cuando le dieron la noticia y la vio por primera vez, durante el velorio se quedó quieto, callado, inmóvil, muchas horas parado frente al cajón. Me dijeron que la despidió con un beso en la boca, no los vi, de hecho nunca los vi besarse. No creo que ese momento hubiera sido un buen recuerdo para mi tampoco. No lloró en el entierro, no lloró nunca más. Pocas veces volvió a hablar de mi mamá y se molestaba si la nombraba, decía que ya estaba muerta y que a los muertos había que dejarlos en paz.
Si supiera que aunque también soy dura, algo evidentemente herede, cuando lo nombro, lo recuerdo, lo escribo, lloro sin reparos. No importa que el tiempo siga pasando, yo también tengo adentro una niña a la que le faltaron muchos de sus abrazos.
Mi papá siempre lloró por otrxs, nunca lo vi quejándose por cosas que le pasaban a él. Mi papá era un hombre noble, compañero, exigente, siempre diciéndome que él iba a morirse y que yo tenía que endurecerme y arreglarme sola. Desde muy chica ese fue su discurso. Y aunque en su momento lloré sin entender, pensando que era muy cruel al hablarme así, hoy lo entiendo perfectamente y veo en sus palabras crudas y certeras, un acto de amor que pretendía prepararme para este presente, ya sin él.
Cuando tuvimos que despedirnos, no se le cayó ni una sola lágrima. Me dijo que me vaya tranquila, que él ya estaba cansado. Me pidió que cuide a los gatos y me dijo “los quiero a todos”.
Cuantas palabras, cuanto amor y cuanta ternura al fin nos dimos.
A pesar de las maneras distintas que tuvimos para expresar sentimientos en el transcurso de nuestras vidas compartidas, fui descifrando otras formas de amor que también fueron y son imprescindibles para mi. Su amor fue real y me lo demostró al esperar muchas horas con su cuerpo doliendo para poder despedirse de mi. No hubo palabras elaboradas, desesperadas, desordenadas. Fuimos claros los dos, fuimos fuertes, nos miramos a los ojos y, con mucho amor, nos despedimos para siempre.

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