El día que te mataron
El día que te mataron no empezó distinto a ningún otro: Di vueltas en la cama, fui contra el reloj y, como siempre que llego tarde, elegí el baño antes que el desayuno.
El día que te mataron salí de casa y volví a buscar mis auriculares, desde la puerta vi pasar el colectivo y pensé en las pequeñas decisiones que tomamos en un instante y nos cambian la vida sin darnos cuenta.
El día que te mataron almorcé en el trabajo, me empezaron a gustar esos cortos momentos de tiempo muerto, los sabores y el silencio. Soy feliz resguardada en mi mundo interno con reflexiones y pensamientos que pueden ser tontos o ingenuos pero tienen mucho corazón, porque el día que te mataron estuve pensando mucho en cómo evitar que te mueras.
¿Si
termina la escuela y se motiva? ¿Si aprende un oficio para que haga
su plata y no se ponga en peligro? ¿Si se muda de barrio y encuentra
nuevos amigos? ¿Si lo adopto y vive conmigo? ¿Si le digo todos los
días que si se muere lo extrañaríamos muchísimo?
Y
te abrazo de nuevo, a ver si por fin entendes que no estoy mintiendo.
El día que te mataron no esperaba la noticia, aunque tal vez lo sabía porque la muerte acecha ciertos lugares. Está a la expectativa por si alguien se olvida que a veces las cosas en el barrio se ponen picantes. Tal vez lo supe sí, pero siempre me negué (y me niego) a aceptar que hay un destino marcado para los pibes como vos.
El día que te mataron, una llamada me despertó de un sueño, el teléfono sonando fuera de horario nunca es buena señal, mucho menos si sos trabajadora social. Atendí y escuché un coro de lamentos y llantos. “Le pegaron un tiro” dijo alguien. “Me lo mataron” reconocí la voz de tu madre, una mujer curtida por la vida que tantas veces me recibió en su casa con mates y bizcochitos Don Satur. Cuantos dulces habremos tomado pensando en vos, deseando que vivas feliz, que sigas creciendo y creyendo que los sueños son alcanzables. Vos podrías haber tenido todos los que quisieras.
El día que te mataron abracé con mucho amor el recuerdo de la última vez que te vi. Me contaste que te estabas mandando cagadas y yo te dije lo mismo de siempre, como disco rayado, con la terquedad necesaria para sostener mis convicciones de que los pibes como vos pueden enamorarse de la vida. Te dije que te portes bien, me dijiste que sí con esa sonrisa pícara y compradora que te caracteriza(ba) y te fuiste por un pasillo, mientras un rayo de sol te iluminaba y me acercaba un doloroso presentimiento casi como una certeza: Esa iba a ser la última vez.
El
día que te mataron no fue el peor de mi vida ni lo será. Sin
embargo, continúa imperturbable en mi memoria y en mis sentidos: Los
llantos aturdidores, el olor de las flores de velorio, el frio de los
cuerpos muertos, el color amarillo de la muerte, el gusto del café
desabrido de las funerarias, las manos que me abrazan, las voces que
me dicen: Lo siento mucho Dani, pero no podes estar así, es tu trabajo,
no debiste haberte encariñado tanto.

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