Entre el hambre, el sueño y la memoria

Hoy, regresando a casa de la facultad, cansada, con hambre y sueño, sin que entrara un alfiler en el colectivo, me puse a pensar. 

Según un libro que encontré una vez, mi apellido viene de Jerusalén, seguramente de personas que vivían cerca de un lago o río. Luego, migraron a Europa y vinieron a Sudamérica, ya que en Ecuador hay una ciudad llamada Cuenca. En lo que respecta a mi familia, soy bisnieta de europeos, una rara mezcla de vascos, turcos e italianos. Desconozco mi historia anterior, ya que sólo tengo pocas fotos de mis abuelos y mi papá ni siquiera recuerda el nombre de los suyos.

La historia más cercana dice que mi abuelo paterno vino a Buenos Aires en una casa rodante desde Entre Ríos junto a su hermano, conoció a mi abuela en Videla Dorna y tuvieron siete hijos, uno se llamó Miguel Ángel. Mi papá fue sólo a primer grado porque tuvo que empezar a trabajar a los 8 años en el campo, a cambio de comida, techo, un pantalón y unas alpargatas. Hizo trabajos de huerta, cuidaba a los animales y era duramente castigado por sus patrones que lo golpeaban habitualmente, situaciones que moldearon su personalidad adulta (o algo así me enseñaron en las clases de Psicología) y lo hicieron un hombre duro que no sabía como acomodar los brazos en un abrazo. En su adolescencia, se mudó a "la Capital", fue gomero y chofer de colectivos durante más de 4 décadas. 

Susana, mi mamá, fue hija de una Santafecina que migró a los 14 años para trabajar en una casa como empleada doméstica. Teresa fue la única abuela que conocí y a quien amé inmensamente, como ningún otro ser humano hasta el momento. Pocos años después de venir al conurbano, conoció a un hombre gracioso, muy buen mozo y con unos hermosos ojos verdes con el que se dio su primer beso el día que se casaron.

Mi mamá terminó sexto grado y, al igual que su madre, empezó a trabajar a los 14 en una fábrica de repuestos de autos donde trabajaba también mi abuelo Armando. Nunca le gustó estudiar decía, sin embargo, fue una de las mujeres más inteligentes que conocí, sobre todo a la hora de escribir e inventar historias antes de dormir. Tengo guardados muchos de sus poemas y siempre pienso que hubiese sido buena idea que escriba más y consuma menos antidepresivos. 
Bueno, tal vez ambas opciones.

Susana y Miguel se conocieron a los 14 de ella y los 17 de él, viajaron por Argentina con un De Carlo 700, incursionaron en las religiones y la magia, construyeron una casa y me buscaron. En casi 30 años de coitos no quise venir a este mundo pero siguieron intentando. A veces lo agradezco, otras lo lamento. Estuvieron juntos durante 52 años donde fueron compañeros pero dudo que se hayan amado por infinidades de razones que no vienen al caso. 

Entonces, entre tanta historia revuelta, yo soy hija única de padres que podrían haber sido mis abuelos. Aunque todos los médicos les hayan dicho que no podrían tener hijos, fui concebida en la última oleada de fertilidad de mi madre. Para ella fui un milagro, para mi sólo fueron malos diagnósticos. Me llamaron Daniela Mariana Soledad, a falta de un nombre, e intentaron criarme con la libertad que les faltó a ellos para elegir y desear. Me permitieron hacer y deshacer, irme de viaje como mi abuelo, conocer una parte cercana del mundo que influye directamente con mi vida, mi contexto, mi cultura latinoamericana, andina, sudaca y matancera, porque al reconocerme en los vecinos de los barrios más pobres de Colombia, encontré también mi identidad.
A pesar de sus carencias afectivas, hicieron lo que pudieron conmigo y trataron de que tenga una infancia no tan cruel como las suyas. 

La historia de mis antepasados - que es la mía también - está marcada por la pobreza, el trabajo, las migraciones, la explotación infantil (habitual e incuestionable en esa época), represiones, obligaciones. A pesar de tanta herencia compleja, me enorgullece saberme hija y nieta de brujas y brujos, de pobres, campesinos, trabajadores de la tierra, de migrantes aventureros que con tanto sacrificio, conforman lo que yo soy, sin imaginarlo siquiera. 

Estoy agotada y aún no llego a casa pero asoma un pensamiento de orgullo que me recarga para soportar el último tramo: Hasta este momento, nunca me percaté de que en toda esta historia, yo soy la primera persona que tiene la posibilidad de ir a la universidad. 

Quizás por eso, mientras el colectivo avanza lento y me aferro al caño con una mano y al recuerdo con la otra, entiendo que no vengo sola, porque cada paso que doy lo da también mi mamá, mi papá, mi abuela, mis abuelos sin rostro, los que sembraron con sus manos la tierra que me sostiene, los que no pudieron elegir porque a veces la única alternativa fue la supervivencia. Llegar hasta acá no es un mérito individual, es una promesa colectiva y la continuidad de una historia familiar que, como muchas otras en estos territorios, se resiste a apagarse.






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