A los pibes los velamos en el club del barrio

 

A los pibes los velamos en el club del barrio

sin ventiladores, sin aires acondicionados.

Con recetas de abuelas para ahuyentar las moscas

y un fuego prendido afuera,

donde nos reunimos en ronda

y entre todos nos ponemos a cocinar.

Al menos ese día,

ni al hambre ni a la soledad

a la villa dejamos entrar.

Juntamos plata

porque siempre hace falta,

porque hasta morirse sale un ojo de la cara,

las coronas no las regalan

y a los pobres no nos dan ataúdes,

nos meten en cajones de manzanas.



A los pibes los despedimos con palabras,

con caricias,

con cartas escritas con vergüenza

que dejamos en el cajón,

humedecidas y arrugadas.



A los pibes los despedimos con amor.

Porque si la vida digna es una promesa,

que para algunos nunca llega,

al menos, despedirlos amorosamente

será nuestra resistencia.

Ante lo injusto, lo violento,

resistimos.

Ante la resignación de un destino

que parece escrito desde el nacimiento.

Desde el nacimiento villero.

A los pibes los velamos en el club del barrio.

Sin ventiladores, sin aires acondicionados.

Los vestimos con una camiseta del Brown o de Chicago,

con ternura les frotamos las manos,

buscamos respuestas, nos enojamos,

pensamos que si la vida fuera justa,

ningún pibe moriría sin cumplir 18 años.

Con tiros al cielo,

tratando de despistar a la muerte

para que al menos tarde un poco más

en llevarse al siguiente.

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