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Me acuerdo que ese día era domingo. Uno cualquiera donde tomábamos mates en el sillón mirando un partido del Brown por fútbol libre. Todavía no podíamos compartir mate porque el covid estaba a pleno y te daba miedo. Habían terminado tus carreras de TC, deporte que no me gusta, no entiendo y que desde que no estás, no puedo ni escuchar, porque lloro y soy como vos, no me gusta mucho llorar.
Es contradictorio, vivo diciéndole a todo el mundo que llore porque llorar descarga y es necesario... pero a mí se me complica, viste? Prefiero usar el humor, hacer chistes sobre las desgracias, la tristeza y lo duro que es estar en una casa que era de los dos. Soy como vos. Aunque al menos escribo y eso me ayuda, como ahora, ya sé que un muerto no lee estas cosas. Y si estuvieras vivo menos, porque tenías glaucoma y no veías una vaca en el medio de la calle.Extraño mucho tus remates graciosos de sobremesa porque me hacían reír y valorar la cotidianidad al lado tuyo, sabiendo que mucho no iba a durar, como todo lo que hoy me rodea y también va a dejar de ser. Por eso, ese domingo puse el celu junto a la tele y quise retratar lo cotidiano, para que me ayude cuando te extraño. Es como si volviera a sentir el gusto de tus mates dulces, recuerdo el sonido de tu risa que no llegué a grabar nunca y espero nunca se me olvide. Esa foto te trae desde el lugar donde estés, si es que estás, y me acerca a los buenos momentos, los diarios, esos que están llenos de detalles que dejamos pasar sin darnos cuenta y son tiernos tesoros que se vuelven invaluables cuando la muerte nos alcanza.
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