Querido diario:
Mi mamá me regaló mi primer diario
íntimo la navidad del 99. Tenía 6 años y recién había aprendido
a escribir. Fue luego de enterarse que salíamos a la calle con una
compañerita y vendíamos “poemas” que “escribíamos” a 10
cvs.
A los 7, en segundo grado, gané un concurso escolar por escribirle una carta al presidente, recuerdo haberle pedido que ayude a lxs niñxs que no tenían para comer. Muchxs niñxs que crecimos en los 2000 teníamos muy presente la pobreza y el hambre, ya sea por escucharlo en la televisión o por cenar pan y mate cocido.
En diciembre del 2001 en Argentina, hubo un gran estallido Social. Recuerdo que, con mis palabras, lo escribí en mi diario. De una forma muy desorganizada, tal vez no tan diferente a como escribo ahora, intentaba describir mis miedos: "Prendimos fuego todas las esquinas. Si bienen los saqueadores me voy a esconder abvajo de la cama."
Un año después, tuvimos una despedida muy difícil en mi familia y yo escribí una carta por día para esa persona que me faltaba. Escribía mucho. Hace poco, en uno de esos primeros diarios, en una página había una declaración tierna y dolorosa para una niña de 9 años: “Te cuento a vos porque no tengo a nadie a quien contarle”.
Luego siguieron diarios con interminables relatos sobre las personas que me gustaban. Había una lista: “Los chicos que gustan de mi” enumerados del 1 al 10, mientras que en unas hojas después, contaba contenta que el día había sido maravilloso porque me había bañado con ropa con una vecina.
A los 12, escribí un cuento que hizo llorar a la maestra de lengua. Se lo comentó a otra docente que ya me conocía y me invitaron a leerlo frente a un curso de 4to grado. Nunca olvidaré a la seño Alicia, que con dulzura plantó su semillita y me dijo: “vos vas a ser escritora”.
No había pensado que un cuento sobre una adolescente hablándole a la tumba de su amiga podría llegar a ser bueno ni traer tanto revuelo.
En la adolescencia, hubo un tiempo en el que dejé de escribir, luego de que unas compañeras de un colegio nuevo, la primera noche que se quedaron a dormir en mi casa, leyeron mi diario mientras dormía. Pocas veces me sentí tan humillada como cuando una de ellas me dijo que todos los chistes que hicieron esas semanas (y yo no había entendido) eran porque habían leído mi diario íntimo y se reían de mi. Ese día llegué a casa y lo rompí.
Tardé años en volver a escribir, lo retomé cuando empecé a viajar y llevé mis diarios de viaje. Tesoros que guardo y espero nunca perder. Son mi cable a tierra cuando estoy mal y se me da por pensar que mi vida siempre fue triste y solitaria y nunca va a cambiar. Entonces leo y recuerdo que no siempre hubo tanto dolor, también pude vivenciar hermosos momentos, inolvidables. Cada vez que releo me transporto, me conecto con partes mías que admiro y vuelvo a creer que puedo transformar mi entorno y mi presente.
Escribir ha sido terapéutico para mi, desde que aprendí a hacerlo. Muchas veces escribí desde el dolor, desde la soledad de esa niña que no tenía a quien contarle lo que sentía y sólo podía escribirlo.
Por eso escribo en primera persona y no soy buena para la ficción ni las historias de amor romántico. Escribo de esta forma porque es la que aprendí y la que me salva.
Muchísimo tiempo me quejé porque mis padres no habían cultivado en mi, talentos que veía en otras personas porque nunca me llevaron a teatro, danza, dibujo, inglés. Sin embargo, mi mamá me regaló un diario íntimo cuando empecé a escribir. Nunca me dijo “¿para qué queres eso?”, “deja de gastar tiempo en pavadas”, "no va a servirte de nada" y tantas cosas que lxs adultxs le dicen a lxs niñxs frustrándole sus deseos, opacando sus fortalezas. Me habrá dicho otras, pero esas no.
Y cuando terminé el primer diario, me compró otro y otro y otro. A su manera, me compartió su amor por la escritura y me estimuló a que escribiera.
Supongo que ella sabía que iba a necesitarlo, porque toda mi vida estuvo llena de tormentas. Y la escritura, a veces sigue siendo mi único refugio, mi lugar seguro.
A los 7, en segundo grado, gané un concurso escolar por escribirle una carta al presidente, recuerdo haberle pedido que ayude a lxs niñxs que no tenían para comer. Muchxs niñxs que crecimos en los 2000 teníamos muy presente la pobreza y el hambre, ya sea por escucharlo en la televisión o por cenar pan y mate cocido.
En diciembre del 2001 en Argentina, hubo un gran estallido Social. Recuerdo que, con mis palabras, lo escribí en mi diario. De una forma muy desorganizada, tal vez no tan diferente a como escribo ahora, intentaba describir mis miedos: "Prendimos fuego todas las esquinas. Si bienen los saqueadores me voy a esconder a
Un año después, tuvimos una despedida muy difícil en mi familia y yo escribí una carta por día para esa persona que me faltaba. Escribía mucho. Hace poco, en uno de esos primeros diarios, en una página había una declaración tierna y dolorosa para una niña de 9 años: “Te cuento a vos porque no tengo a nadie a quien contarle”.
Luego siguieron diarios con interminables relatos sobre las personas que me gustaban. Había una lista: “Los chicos que gustan de mi” enumerados del 1 al 10, mientras que en unas hojas después, contaba contenta que el día había sido maravilloso porque me había bañado con ropa con una vecina.
A los 12, escribí un cuento que hizo llorar a la maestra de lengua. Se lo comentó a otra docente que ya me conocía y me invitaron a leerlo frente a un curso de 4to grado. Nunca olvidaré a la seño Alicia, que con dulzura plantó su semillita y me dijo: “vos vas a ser escritora”.
No había pensado que un cuento sobre una adolescente hablándole a la tumba de su amiga podría llegar a ser bueno ni traer tanto revuelo.
En la adolescencia, hubo un tiempo en el que dejé de escribir, luego de que unas compañeras de un colegio nuevo, la primera noche que se quedaron a dormir en mi casa, leyeron mi diario mientras dormía. Pocas veces me sentí tan humillada como cuando una de ellas me dijo que todos los chistes que hicieron esas semanas (y yo no había entendido) eran porque habían leído mi diario íntimo y se reían de mi. Ese día llegué a casa y lo rompí.
Tardé años en volver a escribir, lo retomé cuando empecé a viajar y llevé mis diarios de viaje. Tesoros que guardo y espero nunca perder. Son mi cable a tierra cuando estoy mal y se me da por pensar que mi vida siempre fue triste y solitaria y nunca va a cambiar. Entonces leo y recuerdo que no siempre hubo tanto dolor, también pude vivenciar hermosos momentos, inolvidables. Cada vez que releo me transporto, me conecto con partes mías que admiro y vuelvo a creer que puedo transformar mi entorno y mi presente.
Escribir ha sido terapéutico para mi, desde que aprendí a hacerlo. Muchas veces escribí desde el dolor, desde la soledad de esa niña que no tenía a quien contarle lo que sentía y sólo podía escribirlo.
Por eso escribo en primera persona y no soy buena para la ficción ni las historias de amor romántico. Escribo de esta forma porque es la que aprendí y la que me salva.
Muchísimo tiempo me quejé porque mis padres no habían cultivado en mi, talentos que veía en otras personas porque nunca me llevaron a teatro, danza, dibujo, inglés. Sin embargo, mi mamá me regaló un diario íntimo cuando empecé a escribir. Nunca me dijo “¿para qué queres eso?”, “deja de gastar tiempo en pavadas”, "no va a servirte de nada" y tantas cosas que lxs adultxs le dicen a lxs niñxs frustrándole sus deseos, opacando sus fortalezas. Me habrá dicho otras, pero esas no.
Y cuando terminé el primer diario, me compró otro y otro y otro. A su manera, me compartió su amor por la escritura y me estimuló a que escribiera.
Supongo que ella sabía que iba a necesitarlo, porque toda mi vida estuvo llena de tormentas. Y la escritura, a veces sigue siendo mi único refugio, mi lugar seguro.
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