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Las visitas

Soy como una casa abandonada. Me sacaron todo. Ya no soy un espacio de encuentro, un refugio en el invierno ya no quiero ni puedo alojar a nadie. Estoy sola, en silencio y sé que a muchas personas les doy miedo porque cuando se acercan sienten el frío y la angustia que encierro adentro. A veces les sirvo para dormir y se van al salir el sol pero no me quejo no aguanto la compañía de nadie por mucho tiempo. Hay quienes se acercan para seguir desvalijándome, aun cuando las cosas adentro ya no valen la pena. Siempre hay alguien dispuesto a llevarse hasta lo último que queda. Sin embargo entre tanta oscuridad y desidia de vez en cuando dejo que alguien me habite. Él viene y abre las ventanas aunque cueste y hagan mucho ruido. Se esfuerza para que el aire corra y la luz entre iluminándolo todo. Quita el polvo de las alfombras y los muebles, prende sahumerios de vainilla y coco porque sabe que me gustan y alejan el olor a velorio. Rompe el silencio que parece inquebrantable la mayoría del t...

Volver a la universidad

En clase están hablando sobre cuidados paliativos. Todos hablan mucho de la muerte, de lo que sienten que es, de lo que debería ser. Algunos dicen que hay que aceptarla porque es parte de la vida, que, en definitiva, todos seremos comida de gusanos algún día. Me pregunto cuántos de ellos habrán atravesado esas pérdidas donde es imposible entender, seguir, aceptar. Creería que ninguno. Hablan con tanta liviandad. De pronto todo se torna anecdótico, las clases que más odio. Todos creen tener la verdad, nadie se quiere quedar callado, se mueren por hablar. Me canso, me voy, mi mente se fue y empiezo a recordar: Vuelvo a los pasillos de la clínica, a llorar en las escaleras, sin poder respirar. Otra vez te estoy viendo pálido, siento tu cuerpo frío. Aún podemos hablar y te despido. De pronto estoy en un cuarto con coronas y claveles, me descompone el olor a velorio. Cruzo una puerta grande de madera y te encuentro. Con un manto blanco, los labios mal pegado...

Entre el hambre, el sueño y la memoria

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Hoy, regresando a casa de la facultad, cansada, con hambre y sueño, sin que entrara un alfiler en el colectivo, me puse a pensar.  Según un libro que encontré una vez, mi apellido viene de Jerusalén, seguramente de personas que vivían cerca de un lago o río. Luego, migraron a Europa y vinieron a Sudamérica, ya que en Ecuador hay una ciudad llamada Cuenca. En lo que respecta a mi familia, soy bisnieta de europeos, una rara mezcla de vascos, turcos e italianos. Desconozco mi historia anterior, ya que sólo tengo pocas fotos de mis abuelos y mi papá ni siquiera recuerda el nombre de los suyos. La historia más cercana dice que mi abuelo paterno vino a Buenos Aires en una casa rodante desde Entre Ríos junto a su hermano, conoció a mi abuela en Videla Dorna y tuvieron siete hijos, uno se llamó Miguel Ángel. Mi papá fue sólo a primer grado porque tuvo que empezar a trabajar a los 8 años en el campo, a cambio de comida, techo, un pantalón y unas alpargatas. Hizo trabajos de huerta, cuidaba ...

Se desarma la casa Se desgarra el cuerpo  Se desintegran los planes Se apaga el amor. Oscuro, incierto el mundo se repliega  y yo me quedo amorfa, me voy vaciando.  Todo sale empujado con violencia y nada entra. Adentro es hueco, adentro es eco de voces que me dicen  que ya es suficiente, que fue demasiado esfuerzo.  Afuera, el otoño sacude sus hojas y se desprende  de lo que ya no puede sostener. Mientras el invierno  lento y sigiloso se asoma a mis pies  y me susurra que no tenga miedo,  que a veces es preciso quedarse quieta  porque hay llamados que sólo se escuchan en el más hondo silencio.  Me dejó caer en un hueco,  como piedra en pozo seco, como rama en un río detenido.  Y no lucho, no hay más que quedarse quieta, vacía, abierta dejando que el frío me acomode los bordes. No es la primera vez, ya he sido ruina,  ya he esperado antes.  Y sé que siempre algo pequeño, tibio, inadvertido,  comienza a latir...

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Pienso en tu muerte como un hecho consumado y eso me desconcierta  por el dolor agobiante y la calma que libera. La oscuridad de la angustia se ilumina tímidamente con el rayito de sol que rompe la madrugada,  sin embargo, todo sigue siendo tan desolador en mi horizonte que aún siento como si observara un paisaje arrasado por un fuego que al menos ya se apagó. Tendré que aprender a vivir con este sentimiento tan contradictorio  que me libera del miedo a la muerte  pero me inunda de una devastadora  nostalgia de vos.  

A los pibes los velamos en el club del barrio

  A los pibes los velamos en el club del barrio sin ventiladores, sin aires acondicionados. Con recetas de abuelas para ahuyentar las moscas y un fuego prendido afuera, donde nos reunimos en ronda y entre todos nos ponemos a cocinar. Al menos ese día, ni al hambre ni a la soledad a la villa dejamos entrar. Juntamos plata porque siempre hace falta, porque hasta morirse sale un ojo de la cara, las coronas no las regalan y a los pobres no nos dan ataúdes, nos meten en cajones de manzanas. A los pibes los despedimos con palabras, con caricias, con cartas escritas con vergüenza que dejamos en el cajón, humedecidas y arrugadas. A los pibes los despedimos con amor. Porque si la vida digna es una promesa, que para algunos nunca llega, al menos, despedirlos amorosamente será nuestra resistencia. Ante lo injusto, lo violento, resistimos. Ante la resignación de un destino que parece escrito desde el nacimiento. Desde el nacimiento villero. A los pibe...

El regreso

  Estoy entrando a casa y siento un escalofrío. Una angustia gigante me invade el cuerpo y me ancla inmóvil en la puerta. Miro la casa, escucho el silencio que me resuena en cada parte. Adentro, yo también estoy vacía. El gato ya no viene a saludarme, como siempre, quiso seguirte los pasos. La semana pasada lo enterramos en el patio. Recuerdo la tarde en que salimos, los 49 días en el hospital, mis despedidas que incluían un beso y una advertencia: “ Mañana vengo, no se te ocurra morirte.” Te recuerdo en terapia, despertando de la cirugía, diciéndome que había dolido mucho y estabas cansado, pero podías esperar los días que sean necesarios porque lo peor ya había pasado. Se me cae una lágrima. Miro la cajita de madera que llevo en brazos y te digo: “ Llegamos viejo, no era como esperábamos, pero al fin volviste a casa.”