Las visitas
Soy como una casa abandonada.
Me sacaron todo.
Ya no soy un espacio de encuentro,
un refugio en el invierno
ya no quiero ni puedo alojar a nadie.
Estoy sola,
en silencio
y sé que a muchas personas
les doy miedo
porque cuando se acercan
sienten
el frío y la angustia
que encierro adentro.
A veces
les sirvo para dormir
y se van al salir el sol
pero no me quejo
no aguanto la compañía
de nadie
por mucho tiempo.
Hay quienes se acercan
para seguir desvalijándome,
aun cuando las cosas adentro
ya no valen la pena.
Siempre hay alguien dispuesto a llevarse
hasta lo último que queda.
Sin embargo
entre tanta oscuridad y desidia
de vez en cuando
dejo que alguien me habite.
Él viene y abre las ventanas
aunque cueste
y hagan mucho ruido.
Se esfuerza
para que el aire corra
y la luz entre
iluminándolo todo.
Quita el polvo de las alfombras
y los muebles,
prende sahumerios
de vainilla y coco
porque sabe que me gustan
y alejan el olor a velorio.
Rompe el silencio
que parece inquebrantable
la mayoría del tiempo
y me lee en voz alta
poemas y cuentos.
De noche o de día,
se preocupa porque siempre
siempre
quede alguna luz encendida.
Aunque mis paredes ya no tengan colores
y el calor del verano aun no me haya alcanzado,
me permito creer en sus visitas que algún día
volveré a ser el hogar de una familia.
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