Volver a la universidad
En clase están hablando sobre cuidados paliativos. Todos hablan mucho de la muerte, de lo que sienten que es, de lo que debería ser. Algunos dicen que hay que aceptarla porque es parte de la vida, que, en definitiva, todos seremos comida de gusanos algún día. Me pregunto cuántos de ellos habrán atravesado esas pérdidas donde es imposible entender, seguir, aceptar. Creería que ninguno. Hablan con tanta liviandad. De pronto todo se torna anecdótico, las clases que más odio. Todos creen tener la verdad, nadie se quiere quedar callado, se mueren por hablar. Me canso, me voy, mi mente se fue y empiezo a recordar: Vuelvo a los pasillos de la clínica, a llorar en las escaleras, sin poder respirar. Otra vez te estoy viendo pálido, siento tu cuerpo frío. Aún podemos hablar y te despido. De pronto estoy en un cuarto con coronas y claveles, me descompone el olor a velorio. Cruzo una puerta grande de madera y te encuentro. Con un manto blanco, los labios mal pegados. Mis primos discuten con la que te está maquillando. Tenes una marca en tu cara, estas lastimado. Tu cuerpo sufrió tanto. Me quedo sola con la señora mientras intenta disimular los hematomas. Está nerviosa. Me mira con pena y me dice: “Hice lo que pude”. Baja los ojos y se va. Mientras estoy al lado tuyo, mirándote, un escalofrío me trae de nuevo a mi asiento en la facultad. Rodeada de gente. Opinan si es mejor morir en un hospital o en sus casas. Alguien dice que los ritos alrededor de la muerte son culturales. Antes se velaban a las personas en sus casas, dice una. ¿Qué tiene de diferencia que te velen en tu casa a que lo hagan en una cochería? Pregunta otra. Y le contesto con la soberbia que te da la experiencia y la impunidad de una persona destruida: La diferencia es que te maquillan.
Comentarios
Publicar un comentario