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Mostrando entradas de mayo, 2025

Las visitas

Soy como una casa abandonada. Me sacaron todo. Ya no soy un espacio de encuentro, un refugio en el invierno ya no quiero ni puedo alojar a nadie. Estoy sola, en silencio y sé que a muchas personas les doy miedo porque cuando se acercan sienten el frío y la angustia que encierro adentro. A veces les sirvo para dormir y se van al salir el sol pero no me quejo no aguanto la compañía de nadie por mucho tiempo. Hay quienes se acercan para seguir desvalijándome, aun cuando las cosas adentro ya no valen la pena. Siempre hay alguien dispuesto a llevarse hasta lo último que queda. Sin embargo entre tanta oscuridad y desidia de vez en cuando dejo que alguien me habite. Él viene y abre las ventanas aunque cueste y hagan mucho ruido. Se esfuerza para que el aire corra y la luz entre iluminándolo todo. Quita el polvo de las alfombras y los muebles, prende sahumerios de vainilla y coco porque sabe que me gustan y alejan el olor a velorio. Rompe el silencio que parece inquebrantable la mayoría del t...

Volver a la universidad

En clase están hablando sobre cuidados paliativos. Todos hablan mucho de la muerte, de lo que sienten que es, de lo que debería ser. Algunos dicen que hay que aceptarla porque es parte de la vida, que, en definitiva, todos seremos comida de gusanos algún día. Me pregunto cuántos de ellos habrán atravesado esas pérdidas donde es imposible entender, seguir, aceptar. Creería que ninguno. Hablan con tanta liviandad. De pronto todo se torna anecdótico, las clases que más odio. Todos creen tener la verdad, nadie se quiere quedar callado, se mueren por hablar. Me canso, me voy, mi mente se fue y empiezo a recordar: Vuelvo a los pasillos de la clínica, a llorar en las escaleras, sin poder respirar. Otra vez te estoy viendo pálido, siento tu cuerpo frío. Aún podemos hablar y te despido. De pronto estoy en un cuarto con coronas y claveles, me descompone el olor a velorio. Cruzo una puerta grande de madera y te encuentro. Con un manto blanco, los labios mal pegado...

Entre el hambre, el sueño y la memoria

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Hoy, regresando a casa de la facultad, cansada, con hambre y sueño, sin que entrara un alfiler en el colectivo, me puse a pensar.  Según un libro que encontré una vez, mi apellido viene de Jerusalén, seguramente de personas que vivían cerca de un lago o río. Luego, migraron a Europa y vinieron a Sudamérica, ya que en Ecuador hay una ciudad llamada Cuenca. En lo que respecta a mi familia, soy bisnieta de europeos, una rara mezcla de vascos, turcos e italianos. Desconozco mi historia anterior, ya que sólo tengo pocas fotos de mis abuelos y mi papá ni siquiera recuerda el nombre de los suyos. La historia más cercana dice que mi abuelo paterno vino a Buenos Aires en una casa rodante desde Entre Ríos junto a su hermano, conoció a mi abuela en Videla Dorna y tuvieron siete hijos, uno se llamó Miguel Ángel. Mi papá fue sólo a primer grado porque tuvo que empezar a trabajar a los 8 años en el campo, a cambio de comida, techo, un pantalón y unas alpargatas. Hizo trabajos de huerta, cuidaba ...